Imágenes filosóficas 1. William Hogarth y la crítica al fanatismo religioso

Este grabado del artista inglés William Hogarht (1697-1764) nos presenta de un modo visual las creencias religiosas de la clase media inglesa que, cansada de guerras de religión defendía, una religiosidad racional, tranquila e individualizada; opuesta al fanatismo y el entusiasmo religioso irracional de metodistas y católicos.Me gusta utilizar este tipo de grabados al explicar el empirismo inglés. La explicación que se incluye en esta entrada es de Javier Docampo, y aparece en el catálogo de la exposición William Hogarth en la biblioteca nacional.

En la escena a  vemos subido al púlpito a un predicador que vocifera y gesticula hasta el punto de agrietar el baldaquino que hay sobre su cabeza. Su ardor hace que su peluca caiga y deje ver una tonsura de sacerdote católico y que su hábito se abra mostrando unas ropas de arlequín. Con ambas manos sujeta dos muñecos con los que aterroriza a su auditorio: un diablo con una parrilla y una bruja que amamanta a un animal. Su discurso comienza con las palabras “1 Speak as a Fool” (Hablo como un loco) (2 Corinrios, 11,21) mientras que un angelote con gorra de cartero trae una carta con su nombre: “To Sr. Money=trap” (Para San Dinero-Trampa). En el púlpito cuelgan tres figuras de fantasmas, una de Julio César y otras dos de personajes contemporáneos: “Mrs, Veal”, conocida por una obra de Defoe de 1706, y “Sr. Ceo”, Vill[i]ers.”, el padre del duque de Buckingham, que se apareció a un sirviente de éste anunciándole que su señor sería asesinado, lo que ocurrió posteriormente.

El componente sexual del éxtasis religioso puede verse debajo del púlpito, donde otro clérigo está introduciendo una figurilla en el escote de una ardiente seguidora: se trata del fantasma de Cock Lane, famoso en aquel momento y que se repite en otros lugares de la composición. Junto a ellos un fiel duerme mientras un diablillo le habla y otro llora desconsoladamente. El cepillo para las limosnas (THE POORS BOX) permanece vacío y cubierro por una red. En primer plano Hogarth presenta una serie de ejemplos de “prodigios sobrenaturales” famosos en la época. A la izquierda Mary Tofr en el momento de dar a luz a varios conejitos que salen corriendo de su falda, figura que ya había aparecido en un grabado primerizo del propio Hogarth, Cunicularii (1726). A su lado Richard Hathaway, conocido como el chico de Bilston, un limpiabotas que convenció a sus vecinos de que estaba endemoniado y vomitaba clavos, grapas y agujas. La cesta que está a su espalda contiene el “Whirfield’s Journal” y se halla sobre la “Demonology by James 1sr.”, dos de las principales fuentes de inspiración de los fanáticos. El hombre barbudo a la izquierda se identifica con un judío converso. Se dedica a matar piojos y sobre su libro descansa un cuchillo con la leyenda “Bloody” (Sangriento).

El propio Whirefield aparece retratado en el predicador bizco con alas en el centro de la composición. Delante un atril con la inscripción “Continually do Cry” (Grita constantemente), del que cuelga un papel con un texto suyo. A su alrededor cabezas de querubines con alas en las que Hogarth satiriza al mal arte religioso.

La muchedumbre que escucha el sermón se agita convulsa ante las encendidas palabras del predicador. Encima cuelga una lámpara en la que las facciones de un rostro diabólico se superponen a un mapa del infierno. A la derecha se hallan dos termómetros fantásticos. El superior mide la “escala de vociferación” y se remara con una boca abierta de la que salen las palabras “Blood, Blood, Blood, Blood” (Sangre, Sangre, Sangre, Sangre). El inferior descansa sobre dos libros y un cerebro y se remara con el fantasma de Cock Lane y la escultura del soldado Tedworth, otro famoso fantasma. Mide el fanatismo de la concurrencia, que oscila entre el suicido en el nivel más bajo y la locura en el superior. Toda la escena es contemplada desde una ventana por un musulmán que fuma en su pipa y sonríe ante los desvaríos del culto cristiano. Es la mirada externa sobre los disparates de los europeos, frecuente en un siglo en el que se habían escrito las Lettres persanes de Diderot.

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