Adán y Eva, por Alberto Durero

El equilibrio clásico característico del Renacimiento y el interés por el hombre propio del humanismo aparecen en las dos tablas de Adán y Eva, que son una muestra de cómo artistas como Durero consiguieron una síntesis entre la antigüedad grecorromana y la herencia cristiana. En este caso, un tema religioso (Adán y Eva) sirve para exaltar la belleza del cuerpo humano y la sabiduría de su Creador.

Estas dos tablas nos enseñan cómo la mirada del artista descubre el mundo natural con sus distintos reinos; los minerales, los vegetales, los animales, culminando en el hombre, rey de la Creación. Llama la atención observar cómo Durero se ha preocupado de observar y pintar hasta los guijarros del suelo. Para nuestro artista una simple piedra tiene interés, es bella, porque es parte de la creación, un reflejo de la sabiduría infinita de Dios. Y pintarla, dibujarla, es un modo de conocerla. En el Renacimiento había una relación muy estrecha entre el arte y la ciencia: la anatomía, la geometría, la perspectiva, eran fundamentales para los pintores; al tiempo que científicos de la talla de Galileo se interesaron por el dibujo y la perspectiva, y disciplinas enteras, como la botánica o –de nuevo- la anatomía, no hubieran sido posibles sin el dibujo entendido como método de descubrimiento. Durero pintó animales -como su famosísima libre o el grabado de un rinoceronte-, las humildes yerbas del campo, las piedras, y con esas obras nos enseñó a admirar toda la grandeza que hay en lo pequeño. Pero, sobre todo, pintó al ser humano y se interesó por estudiar su anatomía y sus proporciones, publicando sus investigaciones sobre estos asuntos.

 

Las dos tablas que tenemos aquí son los dos primeros desnudos en tamaño natural que se pintaron al norte de los Alpes. En ellos plasma Durero sus estudios sobre las proporciones del cuerpo humano, el cual, en las figuras complementarias del hombre y la mujer, es la expresión más alta y perfecta de la sabiduría divina. Siguiendo una vieja tradición, el ser humano –hombre y mujer- es, para Durero, un microcosmos, es decir, un resumen de todo el universo, un ser que contiene en sí todas las bellezas del mundo. Lo extraordinario aquí es que, a pesar de que Durero ha pintado estos dos cuerpos desnudos de acuerdo a unas proporciones matemáticas, no vemos nada rígido en ellos, sino gracia y naturalidad, especialmente, en la figura de Eva, más iluminada que Adán, cuya posición transmite una sensación de delicadeza. El gesto de Adán es el del embeleso y admiración ante la belleza de su compañera. Exaltación del hombre y de la naturaleza y, al mismo tiempo, glorificación del Creador; el equilibrio del Renacimiento no sólo se daba en la pintura, sino también en la visión del mundo.

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